By Oscar Rosales
Hay una melodía que se teje
entre neuronas y mariposas,
escalando pasajes de luz sagrada,
ondulante entre las hojas
movidas por la dulce voluntad del viento.
Acaso traida entre los rayos
que se escapan de las manos flotantes,
que miran tus ojos bajar como hilos blancos.
Cuál es el instrumento idóneo para ejecutar
esta melodía recurrente,
al sentir los pasos entre la lluvia,
al ver más allá de unas ventanas hermosas
decoradas de sueños, de cielos azules,
de caminatas entre el bosque y la playa.
Una melodía que permea todo lo externo,
que va directo al origen de todo,
incluso hasta el miedo de ser uno mismo,
trizándolo.
Agregando recuerdos para acariciarlos de vez en cuando,
sin compañía pero no menos dulces.
Una armonia minimalista tal vez,
o a veces acordes y ritmos de lejanos orientes.
La tarde fenece entre mi desconcierto por interpretarla
y el tiempo marcado por la lluvia.
La noche empieza lenta
pero con mi alma inflamada
por el ímpetu de lo eternamente bello,
siempre tras el viento para tocar su canción.
Versar lo maravilloso para que aflore
y luego verlo volar raptado por esa melodía que sopla,
que ya podré materializar,
pero que registro en sus entrañas,
para que sepa que estoy aqui,
esperando poder tañir sus fibras
y se produzca la canción.
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